martes, 30 de octubre de 2007

LimpieZa ( CaRmén LeTicia EsprieLLa)

Se sentía como si la piel se rompiera cuando la tocabas. Acercaba el dedo índice a la mejilla y escuchaba el crujir de la superficie cediendo ante su presión.
Yo no recordaba nada, pero la evidencia no dejaba lugar a dudas. Lágrimas saladas tendrían que haber pasado durante todo el tiempo que no supe de mí. ¿Cómo explicar el salitre de otra manera?
El caso ya era alarmante. La ardiente capa de sal arenosa estaba carcomiéndome la piel.
Intenté primero quitármela con agua dulce. Fue un fracaso. Esa sal no se disuelve en agua.
Después intenté usar aceite, con idéntico resultado. Probé cremas, lociones, leche, hasta helado de vainilla. Nada funcionaba.
Mis opciones se habían acabado y en lo único que podía pensar era en usar sangre.
Saqué una navajita, una bolsa de algodón estéril y procedí.
La herida en la muñeca izquierda prácticamente no dolió. Los algodones empapados en sangre se deslizaban por mi cara como si fueran parte de mi cuerpo.
No fue sencillo quitar toda la costra. La sangre sólo quitaba minúsculas porciones de sal por aquí y por allá.
Con paciencia fui acabándome los algodones, fui retirando los granitos de sal, fui limpiando mi piel y descubriendo mis pecas entre la piel roja.
Al final, cuando hube retirado todo rastro de llanto y el agua dulce había devuelto el color original a mi piel, cosí con mucho amor mi muñeca izquierda y la besé con ternura, en un claro reconocimiento de que la sangre no sólo mancha, también limpia.